Hubo un tiempo en que creímos que el micrófono era un arma. Nos dijeron que la comunicación era el puente, pero lo que encontramos del otro lado fue un desfile de egos buscando un "chupete" de fama local. Ahí aprendí la primera lección de ingeniería social: el deseo es la mejor herramienta de formación. Si querés que alguien piense, ofrecéle un espacio donde pueda ser escuchado; pasará por el aro del taller, de la asamblea y del compromiso social, no por convicción, sino por vanidad. Pero en ese proceso, algo de la mezcla se le queda pegado.
Fui el arquitecto de un sistema que no me alimentaba. Mientras mi cabeza diseñaba multimedios, convergencias y mapas donde el Sur miraba al cielo, mi realidad no calificaba ni para un préstamo en el almacén de la esquina. La paradoja del visionario: salvar a la organización con un Excel de colores en una noche, mientras no tenés para el boleto de ómnibus.
Cuando la "mística" se vuelve burocracia para los financiadores de turno, el único acto de lealtad hacia uno mismo es el sabotaje. No un sabotaje de cables cortados, sino el de retirar el hombro y dejar que la estructura, que ya estaba muerta por dentro, se caiga por su propio peso. Cerré la puerta y la radio desapareció. No era odio, era realismo. Sin el facilitador, el gigante de barro no tiene quien le sostenga las piernas.
Cambié la antena por la plomada. Entendí que un video de una estufa bien construida tiene más verdad que mil horas de debate radial. En la construcción no hay "paja mental": o la pared está derecha o se cae. O el tiraje funciona o te llenás de humo. Es una honestidad brutal que el sistema financiero y la política no perdonan.
Hackeamos el sistema con IPs prestadas y servidores gratuitos que explotaban porque la gente tiene sed de soluciones, no de discursos. Pero hasta eso tiene su fin. El ruido blanco pospandemia es espeso y el algoritmo es un dios caprichoso que se olvida de sus profetas.
Hoy, después de haber intentado dar vuelta el mapa del mundo, me quedo con la escala de lo que puedo tocar. El conocimiento no se pierde, se transforma. Ya no espero que la radio cambie a los oyentes ni que el canal salve a los suscriptores. Me queda la certeza de que, aunque las estructuras caigan y los servidores se borren, lo que uno aprendió a construir con la mano sigue ahí, firme, como un ladrillo bien puesto en el medio de la nada.
El último acto de este sabotaje no fue contra una radio o una federación, sino contra el algoritmo. Hoy, la antena es un código matemático que te dicta las reglas del éxito: si querés que te vean, tenés que vender el alma. Me di cuenta de que para salvar el canal tenía que convertir mi casa en un escenario y a mi familia en una ficción. El sistema ya no busca tutoriales honestos de cómo levantar una pared; busca el morbo de la reforma familiar, el cuento emocional empaquetado para el consumo rápido.
Sé perfectamente cómo se juega ese juego. Sé que si expongo mi intimidad, los números suben. Pero ahí es donde planté el último nivel: me niego a que mi vida sea el "chupete" de una plataforma que me pide ser actor en lugar de constructor. El algoritmo me castiga con el silencio porque no le doy la carne que pide, y yo lo saboteo con mi indiferencia. Prefiero un canal que se cae y una cuenta que se enfría, a una familia transformada en contenido.
Al final, la libertad es eso: tener la visión para saber qué es lo que funciona, y la dignidad de no hacerlo. El ruido blanco puede quedarse con sus ficciones; yo me quedo con el ladrillo, que no necesita filtros ni historias para sostener el techo.
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